Hasta que la había divisado en la esquina, fingiendo que ella no había notado a Clive y Harriet rodeados por un grupo de admiradores. Era una mujer orgullosa, diría él, pero el orgullo podría llevarlo a uno demasiado lejos, hasta que simplemente quisiera escapar y estar solo.

No se sorprendió cuando ella, finalmente, se encaminó hacia la puerta.

Al principio había pensado dejarla marchar, quizás, incluso, retroceder, de modo que no se viera obligada a tropezar con él siendo testigo de su huida. Pero entonces un extraño e irresistible impulso lo había empujado a avanzar hacia delante. No es que le molestara que ella se hubiera convertido en una “florecilla”; siempre había habido “florecillas” en la Temporada, y había poco que un hombre pudiera hacer para rectificar la situación.

Pero David era un Mann-Formsby hasta la misma punta de los dedos del pie, y si había una cosa que no podía soportar, era saber que su familia había causado mal a alguien. Y, ciertamente, su hermano había herido a esta joven. David no llegaría al extremo de afirmar que su vida había quedado arruinada, pero, desde luego, ella había estado expuesta a demasiada e inmerecida aflicción.

Como Conde de Renmister, no, como Mann-Formsby- era su deber compensarla.

Así que le pidió bailar. Un baile sería notado. Sería comentado. Y aunque no estuviera en la naturaleza de David adularse a si mismo, sabía que una simple invitación a bailar de su parte haría maravillas para restaurar la popularidad de Susannah.

Ella había parecido más bien asustada por su petición, pero había aceptado; después de todo, ¿qué otra cosa podría hacer con tanta gente mirando?.

La condujo al centro del salón de baile, sin apartar sus ojos de su cara. David nunca había tenido problemas para entender por qué Clive se había sentido atraído. Susannah poseía una belleza serena y oscura que él encontraba mucho más atractiva que el actual ideal rubio y de ojos azules que era tan popular entre la sociedad.



12 из 99