
Pero esta noche era diferente. Susannah permanecía acostada boca arriba (lo que era raro en sí mismo, puesto que ella prefería dormir de lado) y mirando al techo, preguntándose cuándo la grieta en el yeso se había ensanchado lo suficiente para parecerse a un conejo.
O más bien, era en qué intentaba pensar cada vez que resueltamente expulsaba al Conde de Renminster de su mente. Ya que la realidad era que no podía dormir porque no podía dejar de revivir su conversación con él, deteniéndose a analizar cada una de sus palabras, y tratando luego de ignorar la estremecedora sensación que la recorría cuando ella recordaba su vaga y algo irónica sonrisa.
Todavía no podía creer que se hubiese enfrentado a él. Clive se refería siempre a él como "el anciano," y le llamó, en varias ocasiones, aburrido, altivo, altanero, arrogante, y condenadamente molesto.
Susannah se había sentido más bien aterrorizada por el conde; Clive ciertamente no lo había hecho aparecer muy tratable.
Pero se había mantenido firme y había conservado su orgullo.
Ahora no podía dormir por pensar en él, pero no le importaba demasiado – no con este vertiginoso sentimiento.
Hacía mucho tiempo que no se sentía orgullosa de sí misma. Había olvidado lo agradable que era esa sensación.
* * *
El segundo acontecimiento extraño ocurrió en la otra punta de la ciudad, en el distrito de Holborn, frente a la casa de Anne Miniver, que vivía tranquilamente junto a todos los abogados y procuradores que trabajaban en los cercanos Tribunales de la Corte, aunque su ocupación, si uno pudiera llamarla así, era la de amante. Amante del Conde de Renminster, para ser exacto.
Pero la señorita Miniver era inconsciente de que algo extraño sucedía en el exterior. En efecto, la única persona que lo noto fue el conde mismo, quien había ordenado a su cochero llevarlo directamente del baile de los Worth a la elegante residencia de Anne. Pero cuando él subió los escalones de la puerta principal y levantó el llamador de cobre, se dio cuenta de que no tenía el más mínimo interés en verla. El impulso, simplemente, había desaparecido.
