
Lo que para el conde era, en efecto, bastante extraño.
Capítulo Dos.
¿Se dio usted cuenta de que el Conde de Renminster bailó anoche con la señorita Susannah Ballister en el baile de los Worth? Si no lo hizo, para su vergüenza -fue usted el único. El vals fue la comidilla de la velada.
No se puede decir que la conversación contemplada fuera de las apacibles. En efecto, Esta Autora notó ojos relampagueantes y hasta lo que parecieron ser palabras acaloradas.
El conde se marchó pronto después del baile, pero la señorita Ballister permaneció durante varias horas más, y se atestigua que bailó con otros diez caballeros antes de que ella se marchara en la compañía de sus padres y su hermana.
Diez caballeros. Sí, Esta Autora los contó. Habría sido imposible no hacer comparaciones, cuando la suma total de sus compañeros de baile antes de la invitación del conde era cero.
Revista de Sociedad de Lady Whistledown,
28 de enero de 1814
Los Ballisters no habían tenido nunca que preocuparse del dinero, pero tampoco se podía decir que fueran ricos. Normalmente esto no molestaba a Susannah; nunca le había faltado nada, y no veía ninguna razón para tener tres juegos de aderezos cuando sus perlas combinaban con todos sus vestidos bastante bien. No es que ella hubiera rechazado tener uno o dos más, no era eso; solamente que no veía la necesidad de desperdiciar sus días añorando unas joyas que nunca serían suyas.
Pero había una cosa que hacía que Susana deseara que su familia fuera más antigua, más adinerada, o que poseyera un título – cualquier cosa que les hubiera dado más influencia.
