Y era el teatro.

Susannah adoraba el teatro, le encantaba perderse en la historia de otros, lo adoraba todo, desde el olor de las lámparas de gas hasta el estremecedor sentimiento que poseían las palmas de las manos de alguien aplaudiendo. Era mucho más absorbente que una velada musical, y ciertamente más divertido que las soirees y bailes a los que se encontraba asistiendo tres noches de cada siete.

El problema, sin embargo, era que su familia no poseía un palco en ninguno de los teatros que se juzgaban apropiados para la buena sociedad, y no le permitían sentarse en otra parte que no fuera un palco. No era apropiado que las señoritas se sentaran con la chusma, insistía su madre. Lo que significaba que el único modo en el que Susannah consiguió, alguna vez, ver una representación fue cuando alguien que poseía un conveniente palco la invitó.

Cuando había llegado una nota para ella de sus primos, los Shelbourne, en la que la invitaban a acompañarlos esa tarde para ver a Edmund Kean interpretando a Shylock en el Mercader de Venecia, ella casi había llorado de alegría. Kean había hecho su debut en este papel apenas cuatro noches antes, y ya toda la sociedad hablaba de ello. Lo habían calificado de magnífico, audaz, e incomparable – todas aquellos maravillosos adjetivos que dejaban a una amante de teatro como Susannah casi temblando por su deseo de ver la obra.

Salvo que ella no esperaba que alguien la invitara a compartir su palco en el teatro. Ella sólo recibía invitaciones a grandes fiestas porque la gente sentía curiosidad por ver su reacción ante Clive y su matrimonio con Harriet. Las invitaciones a pequeñas reuniones no eran frecuentes.

Hasta el baile de los Worth el jueves por la noche.

Supuso que debería agradecérselo al conde. Él había bailado con ella, y ahora ella era considerada otra vez conveniente. Había recibido al menos ocho invitaciones a bailar después de que él se hubiera marchado. ¡Oh! muy bien, diez. Las había contado. Diez hombres la habían invitado a bailar, lo cual eran diez más de los que lo habían hecho durante las tres horas anteriores que había permanecido en el baile antes del conde la buscara.



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