La tercera verdad lo hizo rechinar los dientes, hasta casi convertirlos en polvo. Y era que Susannah Ballister, quién tan dulcemente había declarado no saber patinar, era una pequeña mentirosa.

Debería haberlo adivinado en el minuto en que ella había sacado sus patines de su bolso. No se parecían en nada a todos los que los demás habían atado con correa a sus pies. Los propios patines de David, que eran considerados de los más novedosos, consistían en largas cuchillas en forma de lámina sujetas a una plataforma de madera, que él ató sobre sus botas. Las cuchillas de Susannah eran un poco más cortas que el promedio, pero lo más importante era que estaban fijadas directamente a unas botas, lo que requería que se cambiara de calzado.

"Nunca he visto unos patines así," comentó él, mirando con interés como ella desataba sus botas.

"Er, son los que usamos en Sussex," dijo, y David no estaba seguro de si el rosado de sus mejillas era un rubor o simplemente una consecuencia del viento helado. "Así uno no tiene que preocuparse de que los patines se suelten de las botas. "

"Sí," dijo él, " ya veo lo ventajoso que es, sobre todo si uno no es un patinador muy aventajado.”

"Er, sí," masculló ella. Y después tosió. Entonces alzó la vista hacia él y sonrió, aunque con honestidad, se parecía más a una mueca.

Ella se cambió la otra bota, sus dedos moviéndose con agilidad mientras desataban los cordones, a pesar de estar encerrado en guantes. David la observaba silenciosamente, y tras un momento no pudo por menos que comentar, "y las cuchillas son más cortas. "

"¿Lo son? " murmuró ella, sin alzar la vista a él.



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