La imaginó en el banco de nieve, en el momento en que él había tenido la revelación más asombrosa e impresionante. Había decidido perseguirla porque ella haría una excelente condesa, lo cual era cierto. Pero en aquel momento, cuando había mirado fijamente su encantadora cara y tuvo que usar cada gramo de su autocontrol para no besarla

Justo allí mismo, delante de toda la alta sociedad, comprendió que ella sería algo más que una excelente condesa.

Sería una maravillosa esposa.

Su corazón se había estremecido de placer. Y de temor.

Aún no estaba del todo seguro de lo que sentía por ella, pero cada vez se hacía más evidente que esos sentimientos se enroscaban tercamente en y alrededor de su corazón.

Si ella todavía amaba a Clive, si todavía añoraba a su hermano, entonces la había perdido. Daba igual si decía sí a su oferta de matrimonio. Si ella todavía quería a Clive, entonces, él, David, nunca la tendría realmente.


Lo cuál significaba que la gran pregunta era -¿ podría él soportarlo? ¿Que sería peor -¿ser su marido, sabiendo que ella amaba a otro, o no tenerla en absoluto?

No lo sabía.

Por primera vez en su vida, David Mann-Formsby, Conde de Renminster, no entendía su propia mente.

Simplemente no sabía que hacer.

Era una horrible, dolorosa e inquietante sensación.

Miró el vaso de whisky, posado casi al alcance de su mano sobre la mesa al lado del fuego. Maldición, realmente había querido emborracharse. Pero ahora se sentía cansado y vacío, y a pesar de lo mucho que esto lo fastidiaba, incluso se sentía demasiado perezoso hasta para levantarse del sillón.

Aunque el whisky pareciera realmente atractivo.

Casi podía olerlo desde allí.

Se preguntó cuanta energía necesitaría para ponerse en pie. ¿Cuantos pasos habría hasta el whisky? ¿Dos? ¿Tres? No era tanto. Aunque parecía muy lejano, y…-



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