
Joel colaboró y se agachó para que Toby pudiera subirse a sus hombros. El niño obedeció, aunque el flotador dificultó el proceso. Una vez arriba, se agarró al muro.
– Tiene una barbacoa, Joel -murmuró, y se quedó mirando el objeto con excesiva fascinación.
– ¿Hay luz? -preguntó Glory al pequeño-. Toby, mira en la casa, tesoro.
Toby negó con la cabeza, y Glory interpretó que significaba que no había ninguna luz encendida en la planta baja de la casa. Tampoco había luz en los pisos superiores, así que tuvo que enfrentarse a un contratiempo inesperado en su plan. Pero Glory era una mujer que sabía improvisar a la perfección.
– Bueno… -dijo frotándose las manos, y cuando estaba a punto de continuar, Ness, de repente, dijo:
– Supongo que tendremos que seguir para Jamaica, ¿verdad, abuelita? -Ness no había avanzado más allá del sendero y apoyaba todo su peso en una cadera, la bota extendida hacia fuera y los brazos en jarras. Esta postura hacía que se le abriera la chaqueta y dejaba al descubierto la barriga desnuda, el piercing del ombligo y el escote generoso.
«Seductora» fue la palabra que revoloteó en la mente de Glory, pero desechó la idea como hacía a menudo, como se había dicho que tenía que hacer, durante los últimos años de convivencia con su nieta.
– Supongo que tendremos que dejarle una nota a la tía Ken.
– Venid conmigo -dijo Glory, y volvieron a la parte delantera del edificio, a la puerta de Kendra, donde se habían quedado las maletas, el carrito de la compra y las bolsas del Sainsbury's, todo mezclado en los escalones hasta la calle estrecha.
Les dijo a los niños que se sentaran en el rectángulo que formaba el porche, aunque cualquiera podía ver que no había espacio suficiente. Joel y Toby obedecieron y se colocaron entre las bolsas, pero Ness retrocedió y su expresión decía que estaba esperando a que las inevitables excusas manaran de la boca de su abuela.
