
– Os haré un sitio. Y hacer sitio lleva su tiempo. Así que yo me adelantaré y os mandaré a buscar cuando lo tenga todo preparado en Ja-mai-ca.
Ness soltó un suspiro de desdén. Miró a su alrededor para ver si había alguien cerca que pudiera ser testigo de las mentiras de su abuela.
– Entonces, ¿nos quedamos con la tía Kendra? ¿Lo sabe ella, abuelita? ¿Está aquí? ¿Está de vacaciones? ¿Se ha mudado? ¿Cómo sabes dónde está?
Glory lanzó una mirada a Ness, pero centró su atención en los chicos, cuya conducta era más probable que se amoldara a su plan. A sus quince años, Ness era demasiado astuta. Con once y siete años, Joel y Toby aún tenían mucho que aprender.
– Hablé con tu tía ayer -dijo Glory-. Está de compras. Va a prepararos algo especial para cenar.
Ness volvió a suspirar con desdén. Joel asintió solemnemente con la cabeza. Toby movió inquieto el trasero y dio un tirón a los vaqueros de Joel. Éste pasó un brazo alrededor de los hombros de su hermano pequeño. La visión enterneció a Glory. Estarían todos bien, se dijo.
– Tengo que irme, chicos -dijo-. Y lo que quiero es que os quedéis aquí. Esperad a vuestra tiita. Volverá. Ha ido a compraros la cena. Esperadla aquí. No os mováis porque no conocéis el barrio y no quiero que os perdáis. ¿Entendido? Ness, vigila a Joel. Joel, tú vigila a Toby.
– No voy a… -comenzó a decir Ness, pero Joel habló.
– De acuerdo. -Fue lo único que pudo decir el chico, tal era el nudo que tenía en la garganta. La vida ya le había enseñado que había cosas contra las que era inútil luchar, pero aún no dominaba los sentimientos que eso le despertaba.
Glory le dio un beso en la cabeza.
– Eres un buen chico, cielo -dijo, y le dio una palmadita tímida a Toby.
Cogió su maleta y dos de las bolsas de supermercado y retrocedió unos pasos, respirando hondo.
