
Las dos chicas ya estaban en ello. Estaban apoyadas en el escaparate de Tops Pizza, los párpados bajados, sacando pecho, echando la ceniza de los cigarrillos en la acera. Cuando hablaba alguna de las dos, lo hacía con movimientos bruscos de cabeza mientras los chicos se pavoneaban a su alrededor haciéndose los gallitos.
– Eres una estrella, sí. Ven conmigo y te enseñaré lo que es bueno.
– ¿Qué quieres paseándote por aquí, cariño? ¿Has salido a ver las vistas? Pues yo sí que tengo algo bueno que enseñarte.
Risas, risas. Ness notó que apretaba los dedos de los pies dentro de las botas. Siempre era lo mismo: un ritual cuyo resultado sólo se diferenciaba por lo que surgía a su conclusión.
Las chicas les seguían el juego. Sus papeles no sólo consistían en mostrarse reticentes, sino también en menospreciarlos. Esa reticencia daba esperanza, y el menosprecio alimentaba el fuego. Algo que valga la pena nunca debería ser fácil.
Ness se acercó a ellos. El grupo se quedó en silencio con esa actitud intimidante que adoptan los adolescentes cuando aparece un intruso. Ness sabía la importancia que tenía hablar primero. Las palabras y no la apariencia causaban la primera impresión cuando te encontrabas a una persona sola en la calle.
Los saludó con la cabeza y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
– ¿Sabéis dónde puedo pillar algo? -Soltó una carcajada y lanzó una mirada hacia atrás-. Joder. Me muero por meterme.
– Yo puedo meterte algo, nena. -Era la respuesta esperada. La dio el chico más alto de la panda.
Ness lo miró fijamente y lo repasó de los pies a la cabeza antes de que él hiciera lo mismo. Notó que las dos chicas se irritaban, al ver invadido su territorio, y supo lo importante que sería su respuesta.
Puso los ojos en blanco y centró su atención en ellas.
– Seguro que a éste no le pilla nadie. ¿Me equivoco?
La chica con más pecho se rió. Como los chicos, repasó a Ness, pero su examen fue distinto. Estaba valorando las posibilidades de incluirla en el grupo. Para fomentarlas, Ness dijo:
