– ¿Pasa material esta noche? -le preguntó Six.

El chico se encogió de hombros y no reveló nada. Miró a Ness, pero sus ojos no eran amables.

– Depende -dijo al fin-. Y si es que sí, no significa que arañe algo para él. De todos modos, no va a darle nada, no hace tratos con zorras que no conoce.

– Eh, vamos, Dashell -dijo Six con impaciencia-. Es una tía legal, ¿vale? No seas chungo.

– No será cosa de un día -le dijo Ness a Dashell-. Tengo pensado ser cliente habitual. -Cambió el peso de un pie a otro, luego otra vez y otra vez, un pequeño baile que decía que reconocía quién era él: su posición en el grupo y su poder sobre ellos.

Dashell miró a Ness y luego a las otras chicas. Su relación con ellas pareció inclinar la balanza.

– Vale, se lo preguntaré -le dijo a Six-. Pero no será antes de las diez y media.

– Guay -dijo Six-. ¿Dónde lo llevará?

– Si quiere arañar algo, no te preocupes. Te encontrará. -Movió la cabeza hacia los otros dos chicos. Se fueron con aire despreocupado en dirección a Harrow Road.

Ness se quedó mirándolos.

– ¿Puede pasar? -le preguntó a Six.

– Oh, sí -dijo la chica-. Sabe a quién llamar. Es legal, ¿verdad, Tash?

Natasha asintió y miró en la dirección que habían tomado Dashell y sus compañeros.

– Oh, él nos cuida, sí -dijo-. Pero es una calle de dos direcciones.

Era una advertencia, pero Ness consideraba que estaba a la altura de cualquiera. Tal como evaluaba las cosas en estos momentos, no le importaba cómo conseguir el material. La cuestión era olvidar durante tanto tiempo como fuera posible olvidar.

– Bueno, yo sé conducir -le dijo a Natasha-. ¿Qué hacemos? Aún falta mucho para las diez y media.


* * *

Mientras tanto, Joel y Toby seguían esperando a su tía, sentados obedientemente en el escalón superior de los cuatro que subían a la puerta. Desde esta posición, tenían dos posibles vistas para contemplar: Trellick Tower, con sus balcones y ventanas, donde las luces llevaban encendidas al menos una hora, y la hilera de casas adosadas al otro lado de la calle. Ninguna de las dos posibilidades ofrecía demasiado con lo que ocupar la mente o la imaginación de un niño de once años y de su hermano de siete.



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