– Son raros, Glor -decía cuando creía que no le escuchaban-. Al menos los chicos. Supongo que la chica está bien.

– No digas ni pío sobre ellos -respondía Glory.

La sangre de sus propios hijos era mestiza -aunque menos que la sangre de sus nietos-, y no iba a consentir que nadie hiciera ningún comentario sobre algo que saltaba a la vista. Porque ser mestizo no era la desgracia que había sido en siglos pasados. Ya no repugnaba a nadie.

Pero George resopló. Aspiró aire entre los dientes. Por el rabillo del ojo, miró a los jóvenes Campbell.

– No van a encajar en Jamaica -señaló.

Esta valoración no disuadió a Glory. Al menos eso les pareció a sus nietos durante los días previos a su éxodo de East Acton. Glory vendió los muebles. Empaquetó la cocina. Revisó la ropa. Hizo las maletas. Cuando no cupo todo lo que su nieta Ness deseaba llevarse a Jamaica, dobló esas prendas en su carrito de la compra y declaró que comprarían una maleta por el camino.

Ver cómo recorrían Du Cane era como asistir a una suerte de desfile variopinto. Glory iba en cabeza, con un abrigo de invierno azul marino hasta los tobillos y un turbante verde y naranja enrollado en la cabeza. El pequeño Toby iba después, caminando de puntillas como hacía habitualmente, un flotador hinchado alrededor de la cintura. Joel se esforzaba por ir en tercer lugar, ya que las dos maletas que llevaba dificultaban su progreso. Ness iba la última, vestida con unos vaqueros tan ajustados que resultaba complicado entender cómo lograría sentarse sin que le reventaran, tambaleándose sobre los tacones de cinco centímetros de unas botas negras que subían por sus piernas. Llevaba el carrito de la compra y no le hacía ni pizca de gracia tener que tirar de él. En realidad, nada le hacía gracia. Su gesto rezumaba desdén y su modo de andar transmitía desprecio.



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