
Hacía frío como sólo puede hacer frío en Londres en enero. El aire era muy húmedo y, además, estaba impregnado del humo de los coches y de hollín de las hogueras ilegales. La escarcha de la mañana no se había derretido, sino que se había transformado en pedazos de hielo que amenazaban al transeúnte confiado. El gris lo definía todo: desde el cielo a los árboles, las carreteras, los edificios. El ambiente era de desesperanza. Bajo la luz débil del día, el sol y la primavera eran una promesa vana.
En el autobús, incluso en un lugar como Londres, donde todo lo que se podía ver ya se había visto en algún u otro momento, los niños Campbell atraían miradas, cada uno por una razón particular. En Toby, eran los grandes claros en la cabeza, donde su pelo a medio crecer era ralo y demasiado fino para un niño de siete años, así como el flotador, que ocupaba demasiado espacio y del que se negaba firmemente a separarse, incluso a quitárselo de la cintura y colocárselo delante, «por el amor de Dios, joder», como le exigía Ness. En la propia Ness, era la oscuridad artificial de su piel, claramente intensificada por el maquillaje, como si tratara de ser más de lo que sólo era en parte. Si se hubiera despojado de la chaqueta, también habría llamado la atención el resto de su ropa, no sólo los vaqueros: el top de lentejuelas que dejaba al aire la barriga y exhibía sus pechos voluptuosos. Y en Joel era, y siempre sería, su cara llena de manchas del tamaño de pastas de té -de ellas nunca podría decirse que eran pecas, sino una expresión física de la batalla étnica y racial que había lidiado su sangre desde el momento de su concepción-. Como en Toby, también destacaba el cabello, en su caso salvaje y rebelde, que le salía de la cabeza como un estropajo oxidado. Sólo Toby y Joel parecían emparentados entre sí, y ninguno de los niños Campbell parecía ser familia de Glory.
