– Abajo todos -dijo a los chicos; se abrieron paso a empujones por el pasillo con todas sus pertenencias, y descendieron a la bendición del aire frío.

Aquel lugar, naturalmente, no estaba cerca de Jamaica. Tampoco se encontraba a poca distancia de ningún aeropuerto, donde un avión pudiera llevarlos hacia el oeste. Pero antes de que nadie pudiera hacérselo notar, Glory se ajustó el turbante -que se le había torcido mientras se esforzaba por recorrer el pasillo- y dijo a los chicos:

– No podemos marcharnos a Ja-mai-ca sin despedirnos de vuestra tiita, ¿verdad?

La «tiita» era la única hija de Glory, Kendra Osborne. Aunque vivía a sólo un trayecto de autobús de East Acton, los niños Campbell la habían visto pocas veces durante el tiempo que llevaban viviendo con Glory, quizás en las reuniones obligatorias de Navidad y el domingo de Pascua. Decir que ella y Glory estaban distanciadas, sin embargo, sería falsear la cuestión. La verdad era que a ninguna de las dos mujeres le gustaba la otra; su desagrado giraba en torno a los hombres. Estar en Henchman Street más de dos días al año habría supuesto que Kendra viera a George Gilbert holgazaneando por la casa, desempleado e inempleable. Ir de visita a North Kensington podría haber expuesto a Glory a cualquiera de los novios sucesivos de Kendra -tenía uno y se deshacía de él deprisa-. Las dos mujeres consideraban que la falta de contacto físico entre ellas era una tregua. El teléfono era suficiente.

Así que los niños recibieron la idea de despedirse de su tía Kendra con cierta confusión, sorpresa y recelo, cada niño con una emoción distinta ante este anuncio inesperado: Toby supuso que habían llegado a Jamaica, Joel intentó sobrellevar un cambio repentino de planes y Ness murmuró entre dientes:

– Ah, vale. -Acababa de confirmarse una idea que no había expresado.



7 из 636