
‘Aguantame esto.’
Se quita el reloj Daytona con la correa de acero y lo deja en sus manos. Maddalena mira como se aleja, después aprieta el reloj y se lo lleva cerca al oído. Siente el ligero sonido, el mismo que había escuchado cualquier día antes debajo de su almohada, mientras el dormía y ella se mantenía, pasando minutos en silencio, a mirarlo. En ese entonces, sin embargo, el tiempo parecía haberse parado.
Step se sube en el techo encima de Lazzareschi pasando por el portón del cine Odeon.
‘Entonces, quien viene? Acaso quieren invitaciones escritas?’
El Siciliano, Lucone y Pollo no se hacen rogar. Uno después del otro, como simios que en vez de pelo tienen chaquetas Avirex, escalan con facilidad el portón. Llegan todos al techo, por ultimo Schello, ya doblado en dos para recuperar el aliento.
‘Ay, ya yo estoy destruido, hago de arbitro.’ Y le da un trago a la Heineken que milagrosamente ha logrado no derramar en la fatigosa subida, para los demás un juego de muchachos, para el una empresa a la Messner.,
El grupo se alinea en la penumbra de la noche.
‘Listos?’ Schello grita alzando la mano veloz. Un poco de cerveza le cae debajo a Valentina, una hermosa chica de cabellos marrones en una cola alta, que se envolvió hace poco con Gianlu, un tipo bajo hijo de un rico de corbata.
‘Coño!’ le sale de la boca, creando un gracioso contraste con su cara elegante. ‘Ten cuidado, no?’
El resto se ríe, secándose las gotas de cerveza que les han caído también.
Casi todos juntos, una decena de cuerpos musculosos y entrenados se preparan en el techo. Las manos adelante y paralelas, las caras tensas, los pechos anchos.
‘Ya! Uno!’ grita Schello, y todos los brazos se doblan, sin fatiga. Silenciosos y aun frescos, llegan al frío mármol y sin mucho tiempo regresan arriba. ‘Dos!’ abajo de nuevo, mas veloces y decididos. ‘Tres!’
