
En cierto momento, Maxine llegó a pensar en abandonar su trabajo y habló con su padre sobre ello. Pero, al final, su conclusión fue que no tenía sentido. ¿Qué haría entonces? ¿Viajar con él de una casa a otra, vivir en hoteles en las ciudades donde no tenían residencia fija o acompañarle en las fabulosas vacaciones que hacía él, en safaris en África, en ascensiones a las montañas del Himalaya, financiando excavaciones arqueológicas o regatas? No había nada que Blake no pudiera realizar, y menos aún que le diera miedo intentar. Tenía que hacer, probar y tenerlo todo. Maxine no se imaginaba arrastrando a dos críos por la mayoría de los lugares a los que iba él, así que normalmente ella se quedaba en casa, en Nueva York, y nunca se decidió a renunciar a su trabajo. Cada chico suicida que veía, cada niño traumatizado, la convencía de que lo que ella hacía era necesario. Había ganado dos prestigiosos premios por sus proyectos de investigación, aunque a veces se sentía al borde de un ataque de nervios intentando quedar con su marido en Venecia, Cerdeña o Saint-Moritz, donde él frecuentaba a la jet set, yendo a la guardería a recoger a sus hijos en Nueva York o trabajando en proyectos de investigación psiquiátrica y dando conferencias.
