Llevaba tres vidas a la vez. Al final, Blake dejó de suplicarle que lo acompañara y se resignó a viajar solo. Ya no podía permanecer quieto, el mundo estaba a sus pies y no era lo bastante grande. Se convirtió en un marido y padre ausente casi de la noche a la mañana, mientras Maxine intentaba contribuir a mejorar la situación de adolescentes y niños suicidas y traumatizados y cuidar a los suyos. Su realidad y la de Blake no podían estar más separadas. Por mucho que se quisieran, al final el único puente que quedaba entre ellos eran sus hijos.

Durante los siguientes cinco años vivieron vidas separadas, encontrándose brevemente por todo el mundo, cuando y donde convenía a Blake, y entonces Maxine se quedó embarazada de Sam. Fue un accidente que sucedió cuando estaban pasando un fin de semana en Hong Kong, justo después de que Blake volviera de hacer trekking con unos amigos en Nepal. Maxine acababa de conseguir otra beca de investigación sobre jóvenes anoréxicas. Descubrió que estaba embarazada y, a diferencia de las otras dos veces, no se entusiasmó. Era una cosa más con la que hacer malabarismos, un niño más al que criar sola, una pieza más del rompecabezas que ya era demasiado complicado y grande. En cambio, Blake estaba loco de contento. Dijo que quería tener media docena de hijos, lo que para Maxine carecía de toda lógica. Apenas veía a los que ya tenía. Jack tenía seis años y Daphne siete cuando Sam nació. Tras perderse el parto, Blake llegó al día siguiente, con un estuche de la joyería Harry Winston en la mano. Regaló a Maxine un anillo con una esmeralda de treinta quilates; era espectacular, pero no lo que ella quería. Habría preferido pasar tiempo con él. Echaba de menos su primera época en California, cuando los dos trabajaban y eran felices, antes de que ganara la lotería puntocom que había cambiado radicalmente sus vidas.

Y cuando ocho meses después Sam se cayó del cambiador, se rompió el brazo y se golpeó la cabeza, ni siquiera pudo localizar a su padre hasta dos días más tarde.



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