Cuando finalmente lo encontró, ya no estaba en Cabo, sino camino de Venecia, buscando palazzos en venta, para darle una sorpresa. Para entonces, Maxine estaba harta de sorpresas, casas, decoradores y más casas que nunca podrían habitar. Para Blake siempre había gente a la que conocer, lugares nuevos adonde ir, empresas nuevas que adquirir o en las que invertir, casas que quería construir o tener, aventuras en las que embarcarse. Sus vidas ya estaban desconectadas por completo, hasta el punto de que cuando Blake regresó después de que ella le explicara el accidente de Sam, Maxine se echó a llorar al verlo y dijo que quería el divorcio. Era demasiado. Sollozó en sus brazos y dijo que simplemente ya no podía más.

– ¿Por qué no lo dejas? -propuso él tan tranquilo-. Trabajas demasiado. Dedícate a mí y a los niños. ¿Por qué no contratamos más servicio y así puedes viajar conmigo?

Al principio no se tomó en serio su petición de divorcio. Se amaban. ¿Para qué iban a divorciarse?

– Si hiciera eso -dijo ella con tristeza, apretada contra su pecho-, no vería nunca a mis hijos, como tú ahora. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste en casa más de dos semanas?

El se lo pensó y se quedó atónito. Maxine había dado en el clavo, aunque a él le avergonzara reconocerlo.

– Caramba, Max, no sé. Nunca lo había pensado.

– Ya lo sé. -Lloró más fuerte y se sonó la nariz-. Ya no sé nunca dónde estás. No pude localizarte cuando Sam se hizo daño. ¿Y si hubiera muerto? ¿O si hubiera muerto yo? Ni te habrías enterado.

– Lo siento, cariño, intentaré mantenerme siempre en contacto. Creía que lo tenías todo controlado. -Estaba encantado de dejárselo todo a ella mientras él jugaba.

– Lo tengo. Pero estoy cansada de hacerlo sola. En lugar de decirme que deje de trabajar, ¿por qué no dejas de viajar y te quedas en casa? -No tenía mucha esperanza, pero lo intentó.



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