
– ¿Por qué no lo dejas? -propuso él tan tranquilo-. Trabajas demasiado. Dedícate a mí y a los niños. ¿Por qué no contratamos más servicio y así puedes viajar conmigo?
Al principio no se tomó en serio su petición de divorcio. Se amaban. ¿Para qué iban a divorciarse?
– Si hiciera eso -dijo ella con tristeza, apretada contra su pecho-, no vería nunca a mis hijos, como tú ahora. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste en casa más de dos semanas?
El se lo pensó y se quedó atónito. Maxine había dado en el clavo, aunque a él le avergonzara reconocerlo.
– Caramba, Max, no sé. Nunca lo había pensado.
– Ya lo sé. -Lloró más fuerte y se sonó la nariz-. Ya no sé nunca dónde estás. No pude localizarte cuando Sam se hizo daño. ¿Y si hubiera muerto? ¿O si hubiera muerto yo? Ni te habrías enterado.
– Lo siento, cariño, intentaré mantenerme siempre en contacto. Creía que lo tenías todo controlado. -Estaba encantado de dejárselo todo a ella mientras él jugaba.
– Lo tengo. Pero estoy cansada de hacerlo sola. En lugar de decirme que deje de trabajar, ¿por qué no dejas de viajar y te quedas en casa? -No tenía mucha esperanza, pero lo intentó.
