
Tenía una propiedad en Londres, una en Saint-Bart, otra en Aspen, la mitad superior de un palazzo en Venecia, un ático en Nueva York y, por lo visto, ahora una especie de palacio en Marrakech. Maxine no pudo evitar preguntarse qué iba a hacer con él. Pero hiciera lo que hiciese, sabía que el resultado sería tan asombroso como todo lo que tocaba. Tenía un gusto increíble e ideas atrevidas sobre diseño. Todas las casas de Blake eran exquisitas. También poseía uno de los veleros más grandes del mundo, aunque solo lo utilizara unas pocas semanas al año. Por otra parte, lo prestaba a sus amigos siempre que podía. El resto del tiempo lo pasaba viajando, en safaris en África o buscando obras de arte en Asia. Había estado dos veces en la Antártida y había vuelto con fotografías impresionantes de icebergs y pingüinos. Hacía tiempo que el universo de Maxine se le había quedado pequeño. Ella se sentía satisfecha con su vida previsible y bien organizada en Nueva York, a caballo entre su consulta y el confortable piso donde vivía con sus tres hijos, en Park Avenue con la Ochenta y cuatro Este. Cada noche volvía caminando a casa de la consulta, incluso en días como aquel. El paseo la reconfortaba después de todo lo que escuchaba durante el día y de los chicos trastornados que trataba. Otros psiquiatras le derivaban a menudo sus suicidas en potencia. Tratar casos difíciles era su forma de aportar algo al mundo y le encantaba su trabajo.
– ¿Y qué, Max? ¿A ti cómo te va? ¿Cómo están los niños? -preguntó Blake, relajado.
– Están muy bien. Jack vuelve a jugar al fútbol este año, y lo hace fenomenal -dijo Maxine orgullosa. Era como hablar a Blake de los hijos de otro. Parecía más un tío simpático que su padre. El problema era que también se había comportado así como marido: irresistible en todos los sentidos pero siempre ausente cuando había que hacer algo poco agradable.
