– Ven a ver.

No entro. Me paro en la puerta, con una pierna contra la pared y una sonrisa que claramente da a entender mis proyectos.

Él la nota, me señala la pared con un dedo.

Una mano negra. Mejor dicho, no una mano, sino tres dedos. Tres dedos negros impresos en la pared, como si alguien hubiera prendido fuego a su propia piel y después hubiese apoyado los dedos contra la pared.

Solamente digo:

– Te lo dije -y siento como dos morsas apretando algo adentro, y alguien me dice que debo esconderme porque nadie puede y nadie sabe escuchar ese eco.

12

Me di cuenta de que estaba enamorada una noche de finales de verano. Una noche eléctrica, en una Roma más puta que nunca, replegada sobre sí misma como si se estuviera disculpando por hacer tanto ruido, por ser tan bella, tan esquizofrénica, tan antigua. La Roma de los emperadores y de los usureros, de los políticos y de los taxistas, de las chicas perdidas y de las chicas con minifalda y tacos; la Roma de los vinos y la Roma de las lecherías, de las iglesias y de los prostíbulos.

Tomando mi vino blanco observaba las imágenes que corrían por la pantalla. La televisión me englobaba y me contenía, y por primera vez los ojos y las palabras de todos los espantapájaros de la televisión apuntaban hacia mí, como toscas espadas que esperan ser terminadas. ¿Cómo era yo? No era. No era yo. Era la caricatura de mí misma, era la última exasperación de mí misma, decía todo lo que nunca hubiera querido decir, porque lo que quiero decir es demasiado loco y demasiado desordenado para que pueda ser entendido. Estaba ficticiamente adecuada a los acontecimientos.

Martina y Thomas estabas sentados en un lindo sillón de cuero, Simone y yo teníamos los ojos pegados al televisor.

– Tommy, ¿me darías unos masajes en la espalda? La tengo hecha pedazos… -dijo Martina.



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