
Después poníamos una piedra caliente encima, apretábamos los dientes y zapateábamos en el sitio.
Francesco, aunque era pequeño, conseguía atravesar a las medusas con el cuchillo. En el borde del agua había muchas medusas en estado de descomposición que se deshacían al sol y de las que emanaba vapor.
Mientras él asesinaba cruelmente medusas en la playa, Ángela y yo íbamos corriendo debajo de la ducha, seguras de que nadie nos veía. Dejábamos que el agua nos corriese por encima y cantábamos: “¡Brancamen-ta! Ta-ra-ta-ta…”, haciendo contorsiones como serpientes en una canasta.
A eso de las cinco llegaban ustedes. De lejos, descoloridos por el aire caliente y sofocante, parecían personajes salidos de una película de Sergio Leone. El calor, el silencio que nos rodeaba, ustedes armados con los instrumentos de combate: aceites solares, almohadones para las cervicales, redecillas para el pelo, anteojos de sol, pareos, radios, tuppers con galletitas, fruta y sándwiches de tomate, aceite y sal. Mis preferidos, los que me hacían arder los labios agrietados.
Nos mirábamos de lejos, nos sentíamos como animales sin pensamientos que observan a otro animal para entender cuál es su punto débil. Instintivamente. Después de algunos minutos empezaban a correr y a gritar en dirección a nosotros:
– ¡Desgraciados! ¡¿Se metieron en el agua, no?!
– ¡Ocho años perdidos! ¡Tienes ocho años y están perdidos!
– ¡Te rompo el alma, cretina!
– Pero, mamá, ¿cómo harás para matarme?
Me parecía una imagen tan bella, tú que me hacías un agujero en el estómago, me sacabas el alma con las manos, como si fuese una soga, y la estrellabas contra el suelo, haciéndola pedazos.
