Incluso hubiera podido comenzar mi fuga de inmediato, ya que estaba. Pero la falta de responsabilidad me asustaba, siempre me asustó.

– ¿Entonces te has decidido por Roma? -preguntó el señor.

Giré y asentí, sonriendo.

– ¿Quieres que haga un pasaje electrónico?

– No, no, por favor. Quiero tenerlo en mano.

Fue como acertar de improviso esa calle que tantas veces vi mirando el horizonte, estando en mi propia calle, esa que recorro desde hace tan poco tiempo, pero donde me parece haber vivido cien años, la mitad de los cuales fueron bien utilizados y la otra mitad, siendo optimistas, no tanto.

Siempre me pareció tan improbable llegar al punto en que las dos calles se cruzaban que recorrí con indolencia todo el trecho sin preguntarme cuándo habría llegado y qué habría hecho cuando eso hubiese ocurrido.

De improviso volví a encontrarme en la entrada de la calle desconocida, que un cartel dorado señalaba como “Calle probable. Puedes avanzar o elegir doblar a la izquierda”.

Entonces miré hacia atrás y vi mis huellas que llegaban hasta donde el tejido de las calles paralelas confluían para formar una perspectiva perfecta; el asfalto estaba semidestruido; granizo, lluvia y viento lo habían maltratado, agujereado y después aplanado. Vi la estela de sangre dejada por las heridas causadas por las caídas; aquí y allá vi algún que otro cadáver extendido, desnudo y con los ojos aún abiertos. De ti, ninguna huella. Sólo un olor a mamífero que se expande a lo largo de la calle desierta de vida. Volví a mirar el cartel dorado: parecía el acceso al Paraíso. Pero alguien una vez me dijo que no hay mejor paraíso que el propio infierno (¿o tal vez lo dijo mi conciencia, otorgándome una coartada?). En cualquier caso decidí tentar a la suerte y en vez de avanzar por esa calle gris, a la que llegué pasando por un agujero negro gritando fuerte “¡La luz! ¡La luz!”, olfateé un poco el aire y doblé a la izquierda, manteniendo las manos cruzadas a la altura del corazón.



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