
Está igual que siempre, pero a la vez es distinto, murmuró Sterling para sus adentros mientras contemplaba el Rockefeller Center. Por ejemplo, él lo recordaba mucho menos abarrotado de gente. No quedaba ni un palmo de espacio disponible. Había gente que llevaba bolsas cargadas de regalos, mientras otros se extasiaban contemplando el enorme árbol.
Este parecía más alto que el último que Sterling había visto allí -hacía cuarenta y seis años- y tenía más luces de las que él recordaba. Era un árbol espléndido, pero su luz era muy diferente de la que él había experimentado estando en la sala de conferencias celestial.
Aunque se había criado en la Diecisiete, junto a la Quinta Avenida, y había vivido casi todo el tiempo en Manhattan, le invadió una repentina nostalgia de la vida celestial. Necesitaba encontrar a la persona a quien supuestamente debía ayudar a fin de llevar a cabo su misión.
Dos niños se dirigían corriendo hacia él. Sterling se apartó para que no se le echaran encima, y advirtió entonces que había chocado con una mujer que estaba admirando el árbol.
– Usted perdone -dijo- Espero no haberle hecho daño.
Ella no le miró ni dio señales de haberle oído, ni siquiera de haber notado el encontronazo.
No sabe que estoy aquí, comprendió Sterling.
Se sintió momentáneamente afligido. ¿Cómo vaya ayudar a alguien si esa persona no puede verme ni oírme?, se preguntó. El consejo me ha abandonado a mi suerte.
Miró los rostros de los transeúntes. Charlaban, reían, cargaban paquetes, señalaban el árbol. Nadie parecía tener ningún problema acuciante. Pensó en lo que había dicho el almirante sobre ayudar a una anciana a cruzar la calle. Tal vez podría encontrar alguna.
Aceleró el paso hacia la Quinta Avenida y le sorprendió el gran volumen de tráfico. Al pasar frente a un escaparate se detuvo, pasmado al ver su propio reflejo. Los demás no podían verle, pero él a sí mismo sí.
