
Si tanto amaba NorNor el restaurante, ¿por qué se había marchado? y si papá y la abuela la querían tanto como aseguraban, ¿por qué la habían abandonado?
Hacía casi un año que no los veía. Marissa cumplía años el día de Nochebuena. Tendría ocho ya, y aunque seguía muy enfadada con ellos, le había prometido a Dios que si sonaba el timbre por Nochebuena y se presentaban en casa, ella no volvería a portarse mal con nadie mientras viviera y ayudaría a su madre con los bebés y no pondría cara de fastidio cuando Roy contara las mismas estupideces una y otra vez. Si eso ayudaba, prometía incluso no volver a patinar sobre hielo en su vida, pero sabía que esa era una promesa que papá no querría que cumpliera, porque si realmente volvía alguna vez, seguro que la llevaba a patinar.
La música dejó de sonar, y la profesora de patinaje, la señorita Carr, que había llevado al Rockefeller Center como premio especial a una docena de alumnos, les indicó que era hora de irse. Marissa hizo una última pirueta antes de deslizarse hacia la salida. En cuanto empezó a quitarse los patines, el dolor volvió a hacer acto de presencia. Notó que le empezaba en el corazón, le llenaba el pecho y luego le subía como una marea hasta la garganta. Pero aunque le costó lo suyo, consiguió impedir que no le llegara a los ojos.
– Eres una gran patinadora -dijo uno de los monitores-. Seguro que cuando crezcas serás tan buena como Tara Lipinsky.
Lo mismo solía decide NorNor. Antes de que pudiera evitado, la vista se le empezó a nublar. Al volver la cabeza para que el monitor no viera que casi estaba llorando, fijó la vista en un individuo que estaba junto a la cerca que rodeaba la pista de patinaje. Llevaba un sombrero y una chaqueta bastante raros, pero tenía un rostro agradable y parecía sonreírle a ella.
– Espabila, Marissa -dijo la señorita Carr, y la niña, percatándose del tono de ligero enfado de la profesora, corrió a reunirse con los otros niños.
