Nor Kelly reparó en la expresión de congoja que se apoderaba del rostro de su hijo, le vio llevarse la mano a la frente. Su ex nuera era una buena madre, pero estaba llegando al límite soportable de frustración. Quería que volvieran los dos, por Marissa, pero se habría vuelto loca de preocupación pensando que si lo hacían Marissa podía correr peligro.

– Bien, Billy, le diré que has llamado. He de colgar. Oh, espera un momento. El coche acaba de llegar. Veré si Marissa quiere hablar contigo.


Bonita casa, pensó Sterling mientras seguía a Marissa y a Roy hasta la entrada. Estilo tudor. Abetos cubiertos de luces azules. Un pequeño trineo con

Santa Claus y los ocho renos en el césped. Todo como los chorros del oro. Roy tenía que ser un maníaco de la limpieza.

Roy abrió la puerta.

– ¿Dónde están mis polluelos? -Dijo alegremente en voz alta- Roy Junior, Robert: papá ha vuelto.

Sterling se apartó de un salto al ver a dos niños idénticos de cabellos rubios que corrían hacia ellos.

En la sala de estar había una mujer joven y bonita que sostenía un teléfono sin cable (sin duda otra innovación desde la partida de Sterling). La mujer hizo señas a Marissa.

– Tu papá y NorNor tienen muchas ganas de hablar contigo -dijo.

Marissa entró en la sala de estar, le cogió el teléfono a su madre y, para asombro de Sterling, colgó el auricular y corrió escaleras arriba con los ojos llenos de lágrimas.

¡Caramba!, pensó Sterling.

Todavía no sabía cuál era el problema, pero se solidarizó con la mirada de impotencia que la madre intercambió con su marido. Me parece que tendré que sudar la gota gorda. Marissa necesita ayuda pero ya.



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