
La siguió escaleras arriba y llamó a la puerta de su habitación.
– Déjame, mamá, por favor. No tengo hambre y no quiero comer nada.
– No soy mamá, Marissa -dijo Sterling.
Oyó que ella giraba el picaporte, y la puerta se abrió despacio. Marissa compuso una expresión de asombro absoluto.
– Te he visto cuando estaba patinando y luego al subir a la furgoneta -dijo ella en voz baja- Pero después no te he visto más. ¿Eres un fantasma?
Sterling le sonrió.
– No exactamente. Digamos que estoy más en la línea de un ángel, pero en realidad no soy ningún ángel. Por eso estoy aquí.
– Quieres ayudarme, ¿verdad?
Sterling sintió una gran ternura mientras observaba los atribulados ojos azules de la niña.
– Quiero ayudarte más que nada en el mundo. Por mí y por ti.
– ¿Tienes algún problema con Dios?
– Bueno, podríamos decir que no está muy satisfecho de mi conducta. Le parece que todavía no estoy a punto para el cielo.
Marissa puso los ojos, en blanco.
– Yo conozco a muchos que no entrarán nunca en el cielo.
– Yo pensaba que algunos no lo lograrían -rió Sterling-, y ahora están allá arriba entre los mejores.
– ¿Quieres pasar? -Dijo Marissa-. Tengo aquí una silla que era bastante grande para mi papá, cuando venía a ayudarme con mis deberes.
Es una niña encantadora, pensó Sterling al entrar en la espaciosa habitación. Todo un personaje, tan pequeña. Se alegró de que ella hubiera adivinado por instinto que era un espíritu afín, alguien en quien podía confiar. Se la veía ya un poco más contenta.
Sterling se acomodó en la butaca que ella le indicaba y se dio cuenta de que todavía llevaba puesto el sombrero. Murmuró un «Lo siento», se quitó el sombrero y lo colocó pulcramente sobre su regazo.
Marissa se sentó con aires de educada anfitriona en la silla de su escritorio.
