
Un frío que era puro miedo se apoderó de él.
Al final había entrado en la universidad que deseaba, pero ahí arriba la suerte tal vez no le iba a sonreír. Hasta hacía un momento había estado convencido de que conseguiría entrar en el cielo.
Sterling le había recordado al ángel que custodiaba el Consejo Celestial que algunos de los que venían detrás de él habían entrado ya, y le sugirió que tal vez se habían olvidado de él involuntariamente.
El ángel le había dicho cortésmente pero con firmeza que volviera a su asiento.
Deseaba tanto estar en el cielo este día de Navidad. Las caras de los que pasaban volando tras la ventana, viendo ante ellos las puertas abiertas, le habían dejado pasmado. Y ahora Annie estaba allí dentro.
El ángel de la puerta hizo señas para que todos prestaran atención.
– Tengo buenas nuevas -dijo- Los que nombre ahora son los beneficiarios de la amnistía navideña; no tendréis que comparecer ante el Consejo Celestial. Saldréis directamente por la puerta de la derecha, la que da al puente celestial. Poneos en fila e id pasando ordenadamente a medida que os vaya nombrando… Walter Cummings…
Unos bancos más allá, Walter, un anciano vivaracho de noventa años, se levantó de un salto y se cuadró al estilo militar. «¡Aleluya!», gritó, y fue corriendo a ponerse en la fila.
– He dicho de manera ordenada -le reprendió el ángel no sin resignación-Claro que entiendo tu reacción -murmuró antes de llamar al siguiente-. Tito Ortiz…
Tito soltó un «hurra» y corrió a situarse detrás de Walter.
– Jackie MilIs, Dennis Pines, Veronica Murphy, Charlotte Green, Pasquale D' Amato, Winthrop LIoyd III, Charlie Potters, Jacob Weiss, Ten Eyck Elmendorf…
Los bancos se fueron vaciando a medida que el ángel iba cantando nombres.
Terminada la lista, el ángel dobló el papel. Sterling era el único que quedaba. Una lágrima se formó en sus ojos. La sala de espera celestial se le caía encima. Tengo que haber sido una persona espantosa, pensó. Me temo que no podré entrar en el cielo.
