– De acuerdo. Complaceré también a Roy, y, de todos modos, me gusta el pollo. Ya voy, mamá -dijo en voz alta. Y volviéndose a Sterling- Choca esos cinco.

– ¿Cómo? -preguntó Sterling.

– Debes de ser muy viejo -dijo Marissa incrédula-. Todo el mundo sabe lo que es chocar esos cinco.

– He estado un poco desconectado -admitió él mientras, siguiendo el ejemplo de Marissa, levantaba la palma de la mano y abría los dedos para recibir una entusiasta palmada de la niña.

Qué precoz, pensó, sonriendo.

– Hasta luego -dijo en voz baja.

– Vale. No olvides el sombrero. No te lo tomes a mal, pero es feísimo.

– Marissa, la cena se está enfriando -dijo su madre desde afuera.

– La cena siempre está fría -le confió Marissa a Sterling mientras iban hacia la puerta-. Roy tarda horas en bendecir la mesa. Papá dice que mamá debería limitarse a los embutidos. -La niña tenía la mano en el tirador- Mami no puede verte, ¿verdad?

Sterling negó con la cabeza y desapareció.


En la sala de conferencias celestial, la junta había estado siguiendo con interés los movimientos de Sterling.

– Ha establecido contacto enseguida. A eso le llamo yo usar la cabeza -dijo admirativamente el almirante.

– Esa niña es muy infeliz -dijo la monja.

– Y no tiene pelos en la lengua -observó el monje-. De todos modos, me doy cuenta de que en mi época las cosas eran diferentes. Sterling está a punto de solicitar conferencia con nosotros. Creo que deberíamos concedérsela.

– Así sea -carearon todos.


Sumido en sus pensamientos, Sterling se quedó unos instantes en el pasaje contiguo a la casa de Marissa, resguardado de la nieve que caía lentamente. Podría husmear por la ciudad y averiguar qué pasa con su padre y su abuela, pensó, pero hay un modo más fácil de conocer toda la historia. Para eso tendré que pedir autorización al consejo.



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