
Cerró los ojos. Antes de que hubiera tenido tiempo siquiera para pedir nada, se encontró de repente en la sala de conferencias. Comprobó a primera vista que sus santos mentores parecían estar observándole con cauta indulgencia.
– Veo que trataste de encontrar una anciana en apuros -comentó el almirante aguantándose la risa-. El joven que se te adelantó acabó llevándose una gran sorpresa. La mujer era de armas tomar, eso sí.
– Al menos Sterling no perdió tiempo cuando llegó a la tierra -dijo la enfermera.
A Sterling se le iluminó la cara al oír aquel elogio.
– Gracias, gracias. Como comprenderéis, ahora no tengo tiempo que perder. Creo que podré ayudar a Marissa cuando comprenda del todo la causa de su problema.
»Su padre y su abuela iban a llevar a Marissa al Radio City Music Hall el día de Año Nuevo pasado. Pero algo ocurrió. Fueron a verla temprano aquel día y le dijeron que tenían que ausentarse durante un tiempo.
El monje asintió con la cabeza:
– En general, para llegar a la raíz de los problemas hay que ahondar un poco en el pasado.
El pastor, que había estado muy callado, de repente tomó la palabra:
– Los problemas de la gente suelen venir de antiguo. Deberíais haber conocido a mi familia. ¿Por qué creéis que me hice pastor? El único sitio donde tenía un poco de paz era el monte.
Todos se rieron.
– No me hagáis hablar -terció la reina-. Los problemas de mi familia eran la comidilla de todo el reino.
El monje carraspeó antes de hablar:
– Creo que te entendemos, Sterling. Sabemos por qué estás aquí. Solicitas autorización para regresar en el tiempo y así saber por qué el padre y la abuela de Marissa tuvieron que salir de la ciudad.
– Así es, señor -dijo humildemente Sterling-. Quizá os parecerá que concediéndome permiso me facilitaréis en exceso el trabajo, pero si es así, no espero favores especiales.
