
Sterling vio por el rabillo del ojo que Billy y Nor se disponían a salir. Estoy fallando, pensó, y se apresuró a darles alcance cuando ya estaban en el aparcamiento.
No le sorprendió comprobar que Billy y Nor tenían uno de aquellos pequeños camiones. Debía de ser la moda. Sonrió al pensar en Marissa entrando en el sobrio automóvil de Roy. Como a cualquier crío, le fastidiaba que sus amigos pudieran asociarla con algo aburrido o soso.
Montó en el asiento de atrás mientras Billy accionaba la llave del encendido. Luego miró las cajas que tenía detrás, y que parecían ser equipo musical. Si supieran que llevan a un groupie en el asiento de atrás, rió para sus adentros.
Una vez sentado, estiró las piernas. No añoro estar encajonado entre dos asientos de bebé, pensó. Le hacía ilusión ir a la fiesta. En la fiesta que hubo la víspera de aquella última partida de golf, habían estado poniendo discos de Buddy Holly y de Doris Day. Sería divertido si Nor y Billy las cantaran, pensó.
El coche cruzó las calles cubiertas de nieve de Madison Village. Me recuerda a Currier and Ives, pensó Sterling contemplando las casas bien cuidadas, muchas de ellas adornadas con luces navideñas de buen gusto. Todas las puertas tenían su corona de acebo. Por las ventanas de los salones se podían ver alegres árboles navideños.
Al pasar frente a un jardín, la visión de un bonito nacimiento con figuras exquisitamente talladas le provocó una sonrisa triste.
Después pasaron frente a una casa con una docena de ángeles de plástico a tamaño natural haciendo cabriolas por el césped. Ese creído que vigila la sala del Consejo Celestial tendría que verlo, pensó.
Divisó el Long Island Sound. Siempre me gustó la costa norte de la isla, reflexionó mientras estiraba el cuello para ver el agua, pero han construido muchísimo desde mi época.
