
Nor y Billy se estaban riendo de los intentos que Marissa había hecho de acompañarlos para poder ver con sus propios ojos la gran mansión.
– Es muy espabilada -dijo Billy con orgullo paterno-. Ha salido a ti, mamá. Siempre con la oreja pegada al suelo, para no perderse nada.
Nor estuvo de acuerdo.
– Yo prefiero decir que tiene un saludable interés por su entorno. Eso demuestra lo lista que es.
Sterling se desanimó al escucharlos. Sabía que las vidas de aquellas personas estaban a punto de cambiar y que muy pronto estarían separados de la niña que ahora era el centro de sus vidas.
Le habría gustado tener la facultad de impedirlo.
Siempre que Junior y Eddie Badgett daban una fiesta en su mansión, Junior tenía un ataque de nervios. Ya estamos otra vez, pensó Charlie Santoli mientras seguía a los hermanos, el bate de béisbol y la pelota de baloncesto. El primero, Junior, tenía unos ojos pequeños y fríos; el segundo, Eddie, siempre se echaba a llorar cuando hablaba de mamá, pero era duro como la roca para todo lo demás.
En aquellos momentos, la actividad era la habitual antes de un acontecimiento de aquellas características. Había floristas por toda la casa, organizando los arreglos florales. El equipo del catering estaba preparando el bufet libre. Jewel, la novia de Junior, una cabeza de chorlito de veintidós años, se tropezaba a cada momento sobre sus tacones de aguja, chocando con todo el mundo. Los ayudantes de Eddie y Junior, incómodos con americana y corbata, estaban agrupados y parecían lo que eran: simples matones.
Antes de salir de la casa, Charlie había tenido que escuchar otro sermón más de su mujer acerca de los hermanos Badgett.
– Son un par de malhechores, Charlie -le había dicho-. Todo el mundo lo sabe. ¿Por qué no les dices que ya no quieres ser su abogado? Que hayan hecho una nueva sección en el hogar de jubilados no significa nada.
