El ángel dejó la lista y se le acercó. Oh, no, pensó Sterling, no me digas que me manda al otro sitio. Por primera vez comprendía lo que era sentirse desesperado e impotente.

– Sterling Brooks -dijo el ángel- Tienes que presentarte ante una asamblea extraordinaria del Consejo. Sígueme, por favor.

Un pequeño rayo de esperanza iluminó el corazón de Sterling. Quizá, solo quizá, aún le quedaba una oportunidad. Haciendo acopio de valor, se puso en pie y siguió al ángel hasta la puerta de la sala. El ángel, reflejando tanta simpatía en su rostro como en su voz, dijo «Buena suerte» mientras abría la puerta y hacía entrar a Sterling.

La sala no era grande, y estaba bañada de la luz más suave y deliciosa que Sterling había visto jamás. El ventanal iba del techo hasta el suelo y permitía una escalofriante vista de las puertas del cielo. Sterling se dio cuenta de que la luz procedía de allí.

Cuatro mujeres y cuatro hombres estaban sentados a una larga mesa, frente a él. Por los halos que brillaban alrededor de sus cabezas dedujo inmediatamente que debían de ser santos, pese a que no recordaba haberlos visto en los vitral es de las catedrales que había visitado estando de vacaciones. Las vestimentas que lucían variaban de prendas bíblicas a trajes del siglo XX. Con el saber instintivo que ya formaba parte de él, Sterling comprendió que llevaban el atuendo típico de la época en que cada cual había vivido. El hombre que estaba a un extremo, un monje de aire solemne, inició el procedimiento.

– Siéntate, Sterling. Tenemos algo que discutir contigo.

Sterling tomó asiento, consciente de que era objeto de todas las miradas.

Una de las mujeres, que vestía una elegante túnica de terciopelo rojo y una tiara, dijo con voz elegante:

– Tuviste una vida regalada, ¿no es así, Sterling?



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