
Era inútil tratar de explicarle a Marge que él no podía hacer nada. Había intentado limitarse únicamente a los negocios legítimos de los Badgett. Lamentablemente, sin embargo, había aprendido que cuando uno se acuesta con perros, se levanta lleno de pulgas, y en numerosas ocasiones le habían presionado para que sugiriera a potenciales testigos que les convenía -económica y físicamente- olvidarse de ciertos hechos. De ese modo había conseguido evitar que los hermanos Badgett fueran condenados por diversas actividades delictivas, tales como practicar la usura, amañar partidos de béisbol y organizar apuestas ilegales. De modo que tanto si se negaba a hacer lo que le pedían como si dejaba de trabajar para ellos, el resultado era como suicidarse.
Hoy, en razón de la magnitud de su donativo al hogar de jubilados, un ala que había costado dos millones de dólares, habían conseguido invitar a toda una lista de personajes de primera categoría para celebrar el ochenta y cinco aniversario de su madre ausente. Senadores de Nueva York, el comisario de Sanidad y Recursos Humanos, diversos alcaldes y dignatarios, y toda la junta del hogar de jubilados se reuniría allí. Solo la junta incluía ya algunos de los nombres más destacados de Long Island.
En conjunto, unas setenta y cinco personas estarían presentes, la clase de personas que podían dar a los Badgett el aura de respetabilidad que tanto necesitaban.
Era, pues, crucial que la fiesta fuera un éxito.
La principal atracción tendría lugar en el gran salón, una estancia que combinaba diversos aspectos de un palacio real francés, larguiruchas sillas doradas, mesas de palisandro, cortinajes de raso, tapices, y presidiéndolo todo la reproducción de un altísimo hogar de mármol del siglo xv, atiborrado de querubines, unicornios y piñas tropicales.
