
El resultado: una sala que era un monumento al mal gusto, pensaba Charlie, y ya se imaginaba cómo iba a reaccionar la jet-set.
Estaba previsto que la fiesta comenzara a las cinco y terminara a las ocho. Combinados, entremeses y un suntuoso bufet libre estaban ya a punto. La música la pondrían Billy Campbell, el prometedor cantante de rack, y su madre, Nor Kelly, antigua estrella de cabaret. Ambos eran muy populares en la costa norte de Long Island. El punto álgido de la velada tendría lugar a las siete y media, cuando vía satélite desde Valonia, la madre de los hermanos Badgett haría acto de presencia para oír cómo le cantaban «Cumpleaños feliz, Heddy-Anna»,
– ¿Seguro que hay comida suficiente? -le estaba preguntando Junior al jefe del catering.
– Tranquilo, señor Badgett, ha encargado comida para todo un ejército. -Conrad Vogel sonrió como si no se lo tomara en serio.
– No te he pedido que des de comer a un ejército. Quiero saber si hay de todo en cantidad suficiente para que si a alguien le gusta una cosa y se come una tonelada entera, luego no vayáis diciendo que se ha terminado.
Charlie Santoli vio encogerse de miedo al jefe del catering bajo la mirada glacial de Junior Badgett. Cuidado con Junior, amigo, pensó.
Conrad Vogel captó rápidamente el mensaje.
– Señor Badgett, le aseguro que la comida es extraordinaria y que sus invitados van a quedar plenamente complacidos.
– Más te vale.
