– ¿Y el pastel de mamá? -preguntó Eddie-.

Espero que sea perfecto.

Unas gotitas de sudor asomaron al labio superior de Conrad Vogel.

– Ha sido confeccionado por la mejor pastelería de Nueva York. Sus productos son tan buenos que uno de nuestros clientes más exigentes los utilizó para sus cuatro bodas. El pastelero jefe está aquí en persona, por si hiciera falta algún ligero retoque después de que abran el embalaje.

Junior apartó a Vogel y fue a mirar el retrato de Heddy-Anna, la madre, que iba a ser formalmente entregado a los representantes del hogar de jubilados para que ocupara un lugar de honor en la recepción de la nueva ala del centro. Pintado por un artista de Valonia, una galería de Nueva York se había encargado de hacer el marco. Junior había dado precisas instrucciones telefónicas al retratista: «Pinte a mamá como la bella mujer que es».

Charlie había visto fotografías de la «Mama».

La figura de una apuesta matrona vestida de terciopelo negro y luciendo ristras de perlas no guardaba, gracias a Dios, el menor parecido con ninguna de ellas. El artista había sido generosamente recompensado por sus servicios.

– Ha quedado bastante guapa -concedió Junior. Al instante, su fugaz satisfacción se evaporó-. ¿Dónde están esos a los que pago para que canten? Ya deberían haber llegado.

Jewel se le había acercado por detrás. Colgándose de su brazo dijo:

– Acabo de ver su coche delante de la casa, cielito. No te preocupes por ellos. Son realmente buenos.

– Más te vale. Tú me los recomendaste.

– Si ya los has oído cantar, querido. ¿Recuerdas que te llevé a cenar a Nor's Place?

– Ah, sí. No están mal. Buen restaurante, buena comida, buena situación. No me importaría nada ser el propietario. Vamos a ver la tarta.

Con Jewell todavía del brazo, su melena pelirroja rozándole los hombros y su micro minifalda que apenas le llegaba a los muslos, Junior encabezó la inspección a la cocina. El pastelero jefe, tocado por el altísimo sombrero blanco, estaba junto a la imponente tarta de cumpleaños.



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