La risa de Jewel sonó como un trino agudísimo.

– ¿Verdad que tiene un gran sentido del humor? Es que me encanta.

Junior la hizo a un lado y salió en tromba de la sala. Eddie le siguió los pasos.

– Esto es una catástrofe -le susurró Nor a Billy-. ¿Qué hacemos? Nos habían dicho que cantáramos «Es una chica excelente» mientras los invitados comían la tarta.

– Y luego el popurrí de canciones sobre madres, empezando con aquella de «I always loved my mama, she's my favourite girl…».

– Será mejor que vayamos a preguntar qué quieren que hagamos. No quiero arriesgarme a suponer nada -dijo Nor, mirando las caras de pasmo de los invitados que había en la sala.

Mientras se apresuraba a seguir a Nor y Billy, Sterling presintió que la cosa iba a acabar mal. Junior y Eddie estaban entrando en una habitación que había al fondo del pasillo.

Billy y Nor corrieron para darles alcance, y Billy llamó a la puerta que se acababa de cerrar. Al no obtener respuesta, él y Nor se miraron.

– Vamos a ver qué pasa -susurró Nor.

¿Por qué no os marcháis?, pensó Sterling angustiado, pero sabía que era un año demasiado tarde para eso.

Billy giró el tirador y abrió la puerta con cautela. Entraron a lo que parecía ser una pequeña sala de recepción: estaba vacía.

– Aquí no hay nadie -dijo Nor en voz baja, y señaló hacia otra dependencia que podía verse a través de una puerta entornada-. Quizá sería mejor…

– Espera. Están escuchando el contestador automático.

Una voz electrónica anunció: «Tiene usted un mensaje nuevo».

Nor y Billy dudaron, sin saber si aguardar o marcharse, pero el mensaje que pudieron oír los dejó de una pieza.

Era un ruego de alguien que parecía desesperado, un hombre que imploraba una «próroga» para devolver el dinero que le habían prestado.



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