El contestador hizo clic y se desconectó, y entonces oyeron a Junior gritar:

– No hay prórrogas que valgan, amigo. Eddie, manos a la obra. Di a los chicos que le peguen fuego a ese apestoso almacén, y que sea ahora mismo. No quiero que mañana siga en pie.

– Tranquilo, no quedarán ni las cenizas -dijo Eddie en un tono mucho más alegre, corno si ya no se acordara de su mamá.

Billy se llevó un dedo a los labios. Con mucho sigilo, él y Nor salieron de la habitación y apresuraron el paso…

– Recojamos nuestras cosas -dijo Billy-. Nos largamos de aquí.

En lo que no se fijaron, pero sí Sterling, fue en que Charlie Santoli, que estaba al otro extremo del pasillo, los había visto salir del despacho.


La sala de espera estaba repleta de recién llegados que trataban de adaptarse al nuevo entorno. El ángel había recibido orden de colgar un enorme rótulo de NO MOLESTAR en la puerta de la sala de conferencias. Había ocurrido varias veces que ciertos altos ejecutivos, nada habituados a esperar, habían exigido una entrevista cuando el ángel les daba la espalda.

En la sala, el Consejo Celestial estaba siguiendo las actividades de Sterling con gran interés.

– ¿Os habéis fijado en lo triste que parecía cuando Marissa ni siquiera notó su presencia en el restaurante? -dijo la monja-. El pobre estaba muy afligido.

– Era una de las primeras lecciones que queríamos que aprendiese -afirmó el monje-. Durante su vida, muchas personas le pasaron desapercibidas, demasiadas. Las miraba sin verlas.

– ¿Os parece que Heddy- Anna aparecerá pronto por nuestra sala de espera?, -preguntó el pastor. Les ha dicho a sus hijos que se estaba muriendo.

La enfermera sonrió:

– Ha utilizado un truco de manual para hacer que sus hijos vayan a verla. Está fuerte como un toro.

– Pues no me gustaría vérmelas con ella en el ruedo -comentó irónico el torero.



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