Se diría que no fui el único, pensó Sterling, pero contuvo la lengua. Asintió sumiso:

– Sí, señora.

El monje le miró muy serio.

– Dura es la existencia de la cabeza que luce una corona. Su majestad hizo muchas cosas buenas por sus súbditos.

Dios, pueden leerme el pensamiento, comprendió Sterling, y se echó a temblar.

– Tú, en cambio, nunca le echaste una mano a nadie -prosiguió la reina.

– Fuiste amigo solo por interés -dijo un hombre con atuendo de pastor, el segundo por la derecha.

– Un pasivo-agresivo -declaró un joven torero que estaba arrancándose un hilo de la capa roja que llevaba.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Sterling, asustado.

– Oh, perdona. Esa expresión terrenal se puso de moda después de tu época. Ahora es muy popular, ¿sabes?

– Se usa para referirse a multitud de pecados -terció una hermosa mujer que le recordó a Sterling los grabados de Pocahontas que había visto.

– ¿Agresivo, yo? -dijo él- Yo no perdí nunca los estribos. Jamás.

– Pasivo-agresivo es otra cosa. Perjudicas a la gente por no hacer ciertas cosas. Y haciendo promesas que no tienes intención de cumplir.

– Estabas demasiado pendiente de ti mismo -dijo una monja de rostro dulce que estaba sentada al otro extremo- Fuiste un buen abogado a la hora de solucionar los problemillas de los ricos, pero nunca prestaste tus conocimientos al pobre desdichado que estaba perdiendo injustamente su casa o su comercio. Y lo que es peor, de hecho alguna vez te ofreciste a ayudar y luego decidiste no meterte en líos. -Meneó la cabeza- Fuiste una persona demasiado frívola.

– De esos que saltan al primer bote salvavidas cuando el barco se está yendo a pique -le espetó un santo con uniforme de almirante británico- Un sinvergüenza, vaya. Ni siquiera ayudaste nunca a una anciana a cruzar la calle.

– ¡Jamás vi a ninguna que necesitara ayuda!



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