
– Ese abogado está en un verdadero apuro -dijo la santa que le había recordado a Pocahontas-. A menos que tome una decisión drástica, cuando le llegue la hora no va a poder hablar con nosotros.
– El pobre Hans Kramer está desesperado -observó la monja-. Los hermanos Badgett no tienen piedad.
– Su sitio está en el calabozo -sentenció el almirante.
– ¿Lo habéis oído? -dijo la reina, perpleja-. Van a prender fuego al almacén de ese pobre hombre.
Los santos se quedaron callados y reflexionaron tristemente sobre la inhumanidad del hombre para con el hombre.
Los asistentes corrieron frenéticamente a entregar los coches a los invitados que salían en tromba de la casa. Sterling se apoyó en un pilar del porche, empeñado en oír las reacciones de los que partían.
– ¡Qué espectáculo!
– Que les devuelvan el dinero. Ya pondré yo los dos millones de esa ala -dijo una señora mayor.
– Me ha recordado la película Tira a mamá del tren. Es lo que esos dos están pensando ahora mismo, me juego algo -dijo con sorna el marido de una miembro de la junta.
– Al menos la comida era buena -terció alguien.
– Os habéis fijado en que no han vuelto a pisar Valonia desde que se fueron. Y no me extraña.
– Has visto la pinta que tenía la madre, ¿eh?
Sterling advirtió que los dos senadores estaban gritando a sus respectivos ayudantes mientras salían de allí. Probablemente les preocupaba que pudieran aparecer en la prensa amarilla por haber acudido a la fiesta de unos mafiosos, pensó Sterling. Si supieran lo que Junior piensa hacerle a ese pobre hombre… Estaba impaciente por montar en el coche de Nor y Billy y oír sus comentarios sobre todo lo que había sucedido.
Un invitado, que sin duda se había endosado tantos vodkas como grappa la madre de los Badgett, empezó a cantar el «Cumpleaños feliz» en valonio, pero no tenía la partitura marcada fonéticamente y pasó a hacerla en inglés. Se le sumaron otros invitados, a quienes tampoco les iba ni les venía.
