
Le dio un beso a Billy en la mejilla.
– Buenas noches.
– Bien. Yo me voy arriba. No te pongas a mirar esos libros ahora, mamá. Necesitas dormir.
Se miraron el uno al otro.
– Lo sé -dijo Billy-. Mañana puede que sea demasiado tarde.
O sea que Billy vive aquí, pensó Sterling. Debe de tener un apartamento ahí arriba. Sería interesante ver cómo es la casa de Nor. Ha dicho que estaba a tres minutos en coche. Puedo ir dando un paseo. Se apresuró una vez más hacia el aparcamiento, esta vez detrás de Nor y Dennis.
Cómo ha bajado la temperatura en estas pocas horas, pensó. Miró hacia el cielo. Unos nubarrones empezaban a oscurecer la luna y las estrellas. Percibió un aroma a nieve en el aire. Yo era de esas personas que prefieren el invierno al verano pensó. Annie me tomaba por loco. A ella, nada le gustaba más que un día en la playa. Recuerdo que su familia tenía una casa en Spring Lake.
El coche de Nor era un precioso Mercedes. Yo tenía uno de esos, pensó Sterling, y en muchos sentidos este no se diferencia mucho del que yo conducía. Mientras Dennis dejaba los libros en el suelo de la parte de atrás y le abría la puerta a Nor, Sterling montó en el asiento delantero. Nunca me ha gustado viajar atrás, pensó. No te caben las piernas.
Nor cerró la puerta del conductor y se ajustó el cinturón de seguridad. Esto también se ha puesto de moda, pensó Sterling. Será que hay algún tipo de legislación al respecto.
Se acomodó el sombrero, sonriendo al acordarse de que al cabo de un año Marissa se reiría de él. Mientras arrancaban, se sobresaltó al oír murmurar a Nor en voz alta: «Mama Heddy- Anna. ¡Santo Dios!».
Sterling se sintió un poco culpable. Nor piensa que no hay nadie más, y es de esas personas que hablan solas. Yo también lo hacía, y me habría muerto de vergüenza si hubiera sabido que alguien me estaba espiando.
