
– Resumiendo, la cosa está así -dijeron al unísono- Eras demasiado vanidoso y egoísta para darte cuenta de lo que pasaba a tu alrededor.
– Lo siento -dijo humildemente Sterling-. Yo creía que era una persona bastante decente. Nunca le deseé nada malo a nadie. ¿Hay algo que pueda hacer para compensarlo?
Los miembros del Consejo se miraron entre sí.
– ¿Tan malo fui? -exclamó Sterling, y señaló hacia la sala de espera- En todo este tiempo he hablado con muchas de las almas que han pasado por aquí. ¡No puede decirse que todas fueran santas! Y, a propósito, vi entrar directamente al cielo a uno que había estafado al fisco. ¡Seguro que os fijasteis en él!
Todos se rieron.
– Tienes mucha razón. Estábamos tomando un café. Pero, por el contrario, ese hombre dio gran parte de su dinero para obras de caridad.
– ¿Y lo de la partida de golf? -preguntó Sterling muy serio- Yo jamás hice trampas, como él. Y en cambio me dieron en la cabeza con una pelota de golf. Mientras me estaba muriendo, perdoné al tipo que lo hizo. No todo el mundo tendría ese detalle, digo yo.
Se quedaron mirándolo mientras le venían a la mente todas las ocasiones en que había decepcionado al prójimo. Annie. No quiso casarse con ella por egoísmo, pero le fue dando esperanzas por miedo a perderla. Y cuando él murió, ya era tarde para que ella pudiera formar la familia que siempre había deseado. Y ahora estaba en el cielo. Tuvo ganas de volver a verla.
Se sentía deshecho. Necesitaba conocer su destino.
– ¿Qué me decís? -preguntó- ¿Podré entrar alguna vez en el cielo?
– Es curioso que lo preguntes -replicó el monje- Hemos discutido tu caso y hemos llegado a la conclusión de que pareces el candidato ideal para un experimento que estamos pensando en poner en práctica desde hace tiempo.
Sterling aguzó los oídos. Aún quedaba una oportunidad.
– Me encantan los experimentos -dijo con entusiasmo- Ponedme a prueba. ¿Cuándo empezamos? -Se dio cuenta de que comenzaba a hablar como un memo.
