
Sterling tenía ojo para el buen arte debido a sus años de especialista en herencias y testamentos. La gente, recordó, me decía que podría haberme ganado la vida como tasador.
Vio la escalera que iba a la segunda planta. Una ojeada rápida y vuelvo a bajar, se prometió a sí mismo.
El cuarto de Nor era el más grande. Había fotos enmarcadas en el escritorio, el tocador y las mesitas de noche. Eran todas personales y en muchas de ellas aparecía una Nor muy joven con el padre de Billy. Había como media docena de Billy con sus padres, empezando por cuando era un bebé. En la última, donde se los veía a los tres juntos; el niño debía de tener unos seis años.
Sterling asomó la cabeza al primero de los otros dos dormitorios. Era pequeño pero agradable, con el aspecto despejado de una habitación para huéspedes.
La tercera puerta estaba cerrada. La pequeña placa de porcelana decía EL CUARTO DE MARISSA. Al abrir la puerta, Sterling notó que se le hacía un nudo en la garganta. Esta niña va a perder muchas casas en este año que viene, pensó.
La habitación era encantadora. Muebles de mimbre pintados de blanco. Papel azul y blanco en las paredes. Colcha y cortinas blancas de ganchillo.
Una estantería con libros. Una mesa con un tablón para pegar notas.
Oyó los pasos de Nor en la escalera. Era momento de irse. Volvió a cerrar la puerta y se quedó mirando a Nor, que entraba en su habitación.
Un momento después, can el cuello de su trinchera subido y el sombrero calado hasta las cejas, Sterling salió a la calle y se puso a andar a paso vivo.
Tengo varias horas por delante, pensó. Billy ya estará dormido. Quizá podría ir a ver qué está haciendo Marissa. Pero ¿dónde vive ella exactamente?
