
– ¿Qué?
– Nada. Perdona, cariño. Sigue durmiendo.
– Para ti es fácil decirlo -murmuró ella, dándole la espalda.
Dennis pasó a la sección de televisión y sonrió al leer la graciosa reseña de Linda Stasi sobre un malísimo programa navideño.
Todavía despierto a eso de las tres y media, se puso a mirar las páginas de restaurantes. La valoración de un nuevo establecimiento le llamó la atención. «Empezamos tomando una lasaña de espárragos», decía el columnista.
Parece un buen sitio, pensó Dennis. Habrá que ir a verlo. Joan y él gustaban de descubrir nuevos restaurantes en la ciudad.
Se quedó mirando la página. Espárragos. Le vino a la memoria un camarero de Nor's Place -no había durado mucho en el puesto- que hizo broma a costa de un cliente que había pedido «espáragos» la última vez y que ahora quería ensalada de «macarones» al limón.
¿Cómo se llamaba aquel cliente?, pensó Dennis. Recuerdo su cara. Él y su mujer siempre tomaban una copa en la barra. Buena gente. No he pensado en él de entrada porque ese es el único rasgo notable en su acento, y que yo sepa no ha vuelto por allí desde hace meses…
Mentalmente, reprodujo la cara. Vive por aquí, pensó Dennis. Y se llama… se llama… algo europeo…
¡Hans Kramer!
¡Exacto! ¡Ese es su nombre!
Dennis cogió el teléfono. Nor respondió a la primera.
– Ya lo tengo, Nor. El tipo del contestador automático. ¿No sería Hans Kramer?
– Hans Kramer -dijo ella despacio-. A mí no me suena. No sé…
– Piensa, Nor. Pidió «espáragos», y otro día ensalada de «macarones».
– Dios mío, sí… Tienes razón. -Nor se incorporó sobre un codo. La tarjeta de Sean O'Brien estaba sobre la mesita de noche, apoyada en la lámpara. Al cogerla notó que la adrenalina empezaba a recorrer todo su cuerpo.
– Me consta que Kramer trabaja en algo relacionado con la informática, Dennis. Puede que tenga un almacén. Voy a llamar a Sean O'Brien. Solo espero que no sea demasiado tarde.
