– Calla y escucha, Sterling. Te vamos a mandar de vuelta a la tierra. Tu misión consiste en identificar a alguien que tenga un problema y ayudarle a resolverlo.

– ¡Volver a la tierra! -Sterling estaba muy sorprendido.

Las ocho cabezas asintieron al unísono.

– ¿Cuánto tiempo tendré que estar allá abajo?

– El necesario para resolver el problema.

– ¿Significa eso que si hago un buen trabajo se me permitirá entrar en el cielo? Me gustaría estar aquí por Navidad.

A todos les hizo gracia su observación.

– No tan deprisa -dijo el monje- Como dirían ahora, no te falta nada para conseguir tu residencia permanente más allá de esas puertas. No obstante, si para Nochebuena has completado tu misión de modo satisfactorio, tendrás derecho a un pase de visita de veinticuatro horas.

Sterling se desanimó bastante. En fin, pensó, todo largo viaje empieza con un pequeño paso.

– Harás bien en recordarlo -le advirtió la reina.

Sterling parpadeó. Debería haber recordado que podían leer el pensamiento.

– ¿Cómo sabré quién es la persona a la que debo ayudar? -preguntó.

– Ahí está la gracia del experimento. Tienes que aprender a reconocer las necesidades del prójimo y a hacer algo al respecto -le respondió una joven negra vestida de enfermera.

– ¿Contaré con algún tipo de ayuda? Quiero decir, ¿con alguien a quien consultar si se me plantea una duda? Haré todo lo que sea necesario para llevar a cabo la misión. -Ya estoy hablando más de la cuenta, pensó.

– Podrás pedimos consejo siempre que lo desees -le aseguró el almirante.

– ¿Cuándo empiezo?

El monje pulsó un botón de la mesa del consejo.

– Ahora mismo.

Sterling notó que se abría una trampilla bajo sus pies. Al instante estaba dejando atrás las estrellas, pasaba junto a la luna, atravesaba las nubes y, de repente, descendía junto a un enorme árbol navideño profusamente iluminado. Sus pies tocaron tierra.



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