– Dios mío -jadeó- Estoy en el Rockefeller Center.


Con su oscura melena al viento, Marissa evolucionaba por la pista de patinaje del Rockefeller Center. Había empezado a tomar lecciones de patinaje sobre hielo a los tres años. Ahora que tenía siete, patinar era para ella tan natural como respirar, y últimamente era la única actividad que apaciguaba el dolor que sentía en el pecho y la garganta.

La música cambió y, sin pensarlo, Marissa adaptó sus giros al nuevo y más suave ritmo, un vals. Por un momento se imaginó que estaba con su padre. Casi pudo sentir la mano de él entrelazada con la suya, casi pudo ver a su abuela, NorNor, que le sonreía.

Luego recordó que en realidad no quería patinar con su padre ni hablar con él, y tampoco con NorNor. Los dos se habían marchado sin apenas despedirse de ella. Las primeras veces que la habían llamado por teléfono Marissa les había rogado que volvieran o que la dejaran ir a verlos, pero ellos le habían dicho que no podía ser. Ahora, cuando llamaban, ella no quería hablar con ellos.

No me importa en absoluto, se dijo.

Con todo, Marissa cerraba los ojos cada vez que pasaba en coche por delante del restaurante de NorNor; le dolía recordar lo bien que lo había pasado allí con su padre. El local siempre estaba abarrotado, a veces NorNor tocaba el piano, y la gente le pedía a él que cantara algo. A veces alguien traía su disco y le pedía que cantara la canción más famosa.

Marissa ya no iba al restaurante. Había oído a su madre decide a Roy -el actual marido de su mamá- que sin la abuela el restaurante no marchaba bien, y era probable que tuvieran que cerrar.

¿Qué esperaban papá y NorNor cuando se marcharon?, se preguntaba Marissa. NorNor decía siempre que si ella no estaba allí todas las noches el negocio se vendría abajo. «Es como mi sala de estar -solía decirle a Marissa-. Y una no invita gente a su casa si luego no va a estar presente.»



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