El detective Regan me visitó más tarde con una posible pista.

– Hábleme de su hermana -pidió.

– ¿Por qué? -pregunté demasiado rápido. Antes de que pudiera explicarse, levanté una mano para detenerle. Lo entendía. Mi hermana era una adicta. Donde hay drogas, suele haber un cierto elemento delictivo.

– ¿Nos robaron? -pregunté.

– No lo creemos. No parece que falte nada, pero la casa estaba patas arriba.

– ¿Patas arriba?

– Alguien lo revolvió todo. ¿Se le ocurre por qué?

– No.

– Pues hábleme de su hermana.

– ¿Tiene los antecedentes de Stacy? -pregunté.

– Los tenemos.

– No creo que pueda añadir nada.

– Están enemistados, ¿es correcto?

Enemistados. ¿Se podía decir eso de Stacy y de mí?

– La quiero -dije lentamente.

– ¿Y cuándo la vio por última vez?

– Hace seis meses.

– ¿Cuando nació Tara?

– Sí.

– ¿Dónde?

– ¿Dónde la vi?

– Sí.

– Stacy fue al hospital -dije.

– ¿A ver a su sobrina?

– Sí.

– ¿Qué sucedió durante la visita?

– Stacy estaba colocada. Quería coger al bebé.

– ¿Se lo impidió?

– Exactamente.

– ¿Se enfadó?

– Apenas reaccionó. Mi hermana se muestra bastante atontada cuando va colocada.

– Pero ¿usted la echó?

– Le dije que no podría formar parte de la vida de Tara hasta que se desintoxicara.

– Entiendo -dijo-. Esperaba forzarla con esto a rehabilitarse.

Se me escapó una risita amarga, creo.

– No, la verdad es que no.

– No sé si le comprendo.

No sabía cómo explicárselo. Pensé en la sonrisa de la foto de familia, la desdentada.

– Hemos amenazado a Stacy con cosas peores -dije-. La verdad es que mi hermana no lo dejará. Las drogas forman parte de ella.



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