– Entonces, ¿usted no espera que se recupere?

No tenía la menor intención de verbalizar algo así.

– No quise confiarle a mi hija -dije-. Dejémoslo ahí.

Regan se acercó a la ventana y miró fuera.

– ¿Cuándo se trasladó a su casa actual?

– Monica y yo compramos la casa hace cuatro meses.

– No muy lejos de donde crecieron los dos, ¿no?

– Es cierto.

– ¿Se conocían desde hacía mucho tiempo?

El rumbo que tomaba el interrogatorio me tenía desconcertado.

– No.

– ¿A pesar de haber crecido en la misma ciudad?

– Nos movíamos en círculos diferentes.

– Entiendo -dijo-. Entonces, si le he entendido bien, compró la casa hace cuatro meses y no ha visto a su hermana desde hace seis meses, ¿correcto?

– Correcto.

– De modo que su hermana no les ha visitado nunca en su casa actual.

– Exacto.

Regan se volvió para mirarme.

– Encontramos huellas de Stacy en su casa.

No dije nada.

– No parece sorprendido, Marc.

– Stacy es adicta. No creo que sea capaz de pegarme un tiro y secuestrar a mi hija, pero otras veces he subestimado lo bajo que podía caer. ¿Han registrado su apartamento?

– No la ha visto nadie desde que le dispararon a usted -contestó.

Cerré los ojos.

– No creemos que su hermana hubiera podido hacer algo así sola -siguió-. Tuvo que tener un cómplice: un novio, un camello, alguien que supiera que su esposa procedía de una familia adinerada. ¿Alguna idea?

– No -dije-. Entonces, ¿qué? ¿Cree que todo esto fue un plan de secuestro?

Regan se puso a rascarse la perilla. Luego se encogió de hombros.

– Pero intentaron matarnos a los dos -continué-. ¿Cómo se cobra un rescate de unos padres muertos?

– Puede que estuvieran tan colocados que cometieran un error -dijo-. O quizá pensaron que podían sacarle dinero al abuelo de Tara.



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