
– ¿Estaba en la cocina?
– Sí. Junto al fregadero.
– ¿Y luego?
Intenté recordar, pero no recordaba nada. Sacudí la cabeza.
– Me desperté una vez, por la noche. Y estaba aquí, creo.
– ¿Nada más?
Lo intenté de nuevo, pero sin éxito.
– No, nada.
Regan sacó un cuaderno.
– Como le ha dicho la doctora, le dispararon dos tiros. ¿No recuerda haber visto un arma o haber oído un tiro o algo parecido?
– No.
– Es comprensible, supongo. Estaba muy mal, Marc. Los de la ambulancia creían que estaba muerto.
Sentí la garganta seca otra vez.
– ¿Dónde están Tara y Monica?
– Concéntrese, Marc. -Regan seguía con la vista en el cuaderno, no me miraba a mí. Sentí que el miedo empezaba a oprimirme el pecho-. ¿Oyó que se rompiera una ventana?
Estaba mareado. Intenté leer la etiqueta de la bolsa de suero para saber qué me estaban metiendo. Nada. Medicación para el dolor, como mínimo. Probablemente era morfina lo que me introducían por vía intravenosa. Intenté luchar contra sus efectos.
– No -dije.
– ¿Está seguro? Encontramos una ventana rota en la parte trasera de la casa. Así es como el agresor debió de entrar en la casa.
– No recuerdo que se rompiera ninguna ventana -dije-. ¿Sabe quién…?
Regan me interrumpió.
– De momento, no. Por eso le estoy haciendo estas preguntas. Para descubrir quién fue -dijo, y levantó la vista del cuaderno-. ¿Tiene enemigos?
¿Me había preguntado realmente aquello? Intenté sentarme, intenté controlarme un poco, pero era muy improbable que lo consiguiera. No me gustaba ser el paciente, estar en el lado equivocado de la cama, por calificarlo de algún modo. Dicen que los médicos son los peores pacientes. Probablemente por ese súbito cambio de papeles.
– Quiero saber qué les ha pasado a mi esposa y a mi hija.
– Lo comprendo -dijo Regan, y había algo en su tono como un dedo helado que me rozó el corazón-. Pero ahora no debe distraerse, Marc. Todavía no. ¿Quiere ayudar? Pues tiene que concentrarse en lo que le digo -prosiguió, volvió a mirar el cuaderno-. ¿Qué me dice? ¿Tiene usted enemigos?
