Seguir discutiendo me pareció inútil, incluso perjudicial, de modo que me resigné en silencio.

– ¿Como para dispararme?

– Sí.

– No, ninguno.

– ¿Y su esposa? -Me miró con dureza. Mi imagen favorita de Monica (su cara radiante cuando vimos las cascadas de Raymondkill por primera vez, la forma en que me abrazó simulando miedo mientras el agua caía a nuestro alrededor) se presentó ante mí como una aparición-. ¿Tiene ella enemigos?

Lo miré.

– ¿Monica?

Ruth Heller se adelantó.

– Creo que es suficiente por hoy.

– ¿Qué le ha pasado a Monica? -pregunté.

La doctora Heller se colocó junto al detective Regan, hombro con hombro. Los dos me miraron. Heller intentó protestar de nuevo, pero la detuve.

– No me venga con tonterías de proteger al paciente -intenté gritar, luchando con todo mi miedo y mi furia contra lo que estaba provocando aquella niebla en mi cerebro-. Dígame lo que le ha sucedido a mi esposa.

– Está muerta -dijo el detective Regan.

Así, sin más. Muerta. Mi esposa. Monica. Fue como si no le hubiera oído. La palabra no lograba llegar a mí.

– Cuando la Policía llegó a su casa, los dos estaban heridos. Lograron salvarle a usted. Pero era demasiado tarde para su esposa. Lo siento.

Tuve otra súbita aparición: Monica en Martha's Vineyard, en la playa, en bañador, el pelo negro sobre los pómulos, sonriéndome con su sonrisa angulosa. Parpadeé para alejarla.

– ¿Y Tara?

– Su hija… -empezó Regan después de aclararse rápidamente la garganta. Volvió a mirar el cuaderno, pero no creo que estuviera pensando en escribir nada-. ¿Aquella mañana estaba en casa, verdad? Me refiero al momento del incidente.



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