Sabía muy bien que no era lo bastante bueno para ella. A pesar de su buen hacer financiero, socialmente se sentía como un mendigo con la nariz pegada al escaparate de una repostería. Sin embargo, ni su mente ni su sentido común tenían ya el control sobre sus reacciones. Ella era libre. Y mientras él atesoraba la relación platónica que había florecido entre ambos en el curso de los últimos catorce meses, sus sentimientos eran más profundos de lo que limitaba una mera amistad y no encontraba forma humana de acallar su corazón. Su mancillado pasado, el noble linaje de ella, su propia falta de linaje… maldito todo.

La mirada de Andrew siguió la esbelta y regia figura de lady Catherine mientras ella recorría el perímetro de la estancia, y su corazón ejecutaba el mismo brinco irregular al que se entregaba cada vez que la miraba. De haber podido reírse, se habría reído de sí mismo y de su instintiva reacción ante la presencia de su dama. Se sentía como un inexperto escolar con la lengua trabada… algo harto decepcionante, teniendo en cuenta que normalmente se consideraba un hombre de una gran finesse.

Haciendo rodar los hombros para relajar la tensión que le agarrotaba los músculos, aspiró una bocanada de aire y se preparó para salir de las sombras. Una mano firme lo agarró del hombro.

– Deberías retocarte la corbata antes de entrar en combate, viejo amigo.

Andrew se volvió apresuradamente y se encontró mirando fijamente los divertidos ojos castaños de Philip, protegidos por unos anteojos. De inmediato, la frustración dejó paso a la preocupación.

– ¿Qué haces aquí? ¿Meredith está bien?

– Mi esposa está bien, gracias, o al menos todo lo bien que una mujer puede estarlo en sus últimas semanas de embarazo. En cuanto a qué hago aquí, confieso que, por motivos que no alcanzo a imaginar, Meredith ha insistido en que haga aparición en la fiesta de cumpleaños de mi padre.



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