
Sin embargo, en cuanto las conversaciones sobre negocios tocaron a su fin, Andrew se retiró a su silencioso rincón para reordenar sus ideas, fiel a una táctica muy semejante a la que utilizaba para preparar un combate pugilístico en el Emporium de Gentleman Jackson. Su mirada siguió estudiando a los invitados, deteniéndose repentinamente en cuanto vislumbró a lady Catherine saliendo de un biombo de seda oriental situado junto a los grandes ventanales.
Andrew se tranquilizó al ver el vestido de color bronce de lady Catherine. Cada vez que la había visto durante el curso del pasado año, el negro luto la había engullido como un oscuro y pesado nubarrón de lluvia. Ahora, oficialmente cumplido el duelo, Catherine parecía un sol de bronce dorado poniéndose sobre el Nilo, iluminando el paisaje con sus inclinados rayos de calor.
Lady Catherine se detuvo a intercambiar unas palabras con un caballero y la ávida mirada de Andrew reparó en la forma en que la vívida tela de su vestido contrastaba con sus pálidos hombros, complementando a su vez sus resplandecientes rizos castaños, recogidos en un trenzado griego. El favorecedor peinado dejaba a la vista la vulnerable curva de su nuca…
Andrew soltó un largo suspiro y se pasó la mano que tenía libre por el pelo. ¿Cuántas veces había imaginado que pasaba los dedos, la boca, por aquella piel suave y sedosa? Más de las que se atrevía a reconocer. Ella era adalid de todas las cosas buenas y deliciosas. Una dama perfecta. Sin duda perfecta en todos los sentidos.
